Jazz

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            Sonny Terry's whasboard band
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-1-2-000339-A · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            Se trata de un álbum cancionero (FP 6) editado en 1954 por Folkways records, de New York. Está compuesto por dos hojas dobladas al medio que forman cuadernillos (que tenían 2 ganchos metálicos retirados por su oxidación). Son 8 páginas, contando tapa y contratapa. Contiene notas realizadas por Harold Courlander, fotografías de Moses Asch y las listas de temas interpretados por la banda.

            Ortíz Oderigo, Néstor
            Silueta de la milonga
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-1-1-000097 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            El PDF consta de texto mecanografiado y una nota manuscrita (que se observa al final de mismo). Analiza la evolución de la milonga, al amparo del candombe, sus vinculaciones con la música afroamericana, gracias a negros, mulatos y blancos (lo que “la sometieron” a toda clase de variantes). Durante la década de 1920, se dio el nacimiento de esta especie sonora de movimiento repetitivo.
            Se hace la diferenciación entre la milonga escrita y la previa, que interpretaban los músicos en los tambos o “bailongos”. Por ello, se menciona que sufrió el mismo proceso que el baiao brasileño o la cumbia afropanameña y afrocolombiana.
            El texto se divide en:
            1-Planteo del problema
            2-Africanismo
            3-Cantos irónicos
            4-Milonga y “Negro Spiritual”
            5-Popularidad de esta especie
            6-El vocablo “milonga”
            7-Conclusión
            Se hacen citas y menciones a libros y autores, así como se transcriben algunas cuartetas cantadas en el Siglo XIX, provenientes de un danzón afrocubano.

            Ortíz Oderigo, Néstor
            [Música popular de América Latina]
            AR ABIBUNTREF C.BA-ARE-2-5-2-CAA-000010 · Unidad documental compuesta
            Parte de Fondo Isabel Aretz

            El PDF muestra el carrete plástico de la cinta abierta de audio. La sigue la imagen de la tapa de la caja, con la marca del producto. En el perfil, aparece una etiqueta donde se lee: “293” y en la tapa trasera se detalla el contenido, del que se transcribe el texto manuscrito (con algunos faltantes, donde no se entiende la caligrafía):
            "1981
            Música popular de América Latina:

            1. Comienzos del Jazz Luis Armstrong 1º Ita Saint Louis Blues
            2. Balada "Take me home" John Denver
            3. Zapateado Mex. Arpa, jarana, quit.
            4. La Bamba Mex. Son Jarocho Arpa, jarana, guitarrón
            5. Gaita "Caracas" Conjunto Rincón Morales
            6. Seis Mariandá Pto. Rico quit., bajo, (síncopa) tres charrasca,
            7. Plena Pto Rico (…) calypso, acordeón
            8. Quaracha (moderna) Puerto Rico
            9. Danzón Cuba
            10. Son “De dónde son los cantantes”
            11. Bolero “En el tronco de un árbol”
            12. Pregón “Frutas del…”
            13. Bambuco
            14. Danza" Madeja de luna " Piano, Oriol Rangel
              15 Pasillo
            15. Tango A. Ramirez
            16. Milonga "Zapatitos de raso
            17. El choclo A. Discépolo Org.
            18. Tango Criollo 1896
              El Talar. Ej. A. Ramirez y su conj."
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-2-1-000553 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            Guion para el programa radial "Meridiano del jazz", transmitido el sábado 1º de agosto de 1964 a las 10:10 horas. La primer foja muestra la lista de los discos emitidos al aire ese día.
            Se comparte el texto de la disertación preparada por Néstor Ortíz Oderigo, que se encuentra a partir de la segunda hoja, en el PDF de este registro:
            "Si echamos una mirada al panorama de la historia de la organografía jazzística y de sus diversos cultivadores, encontraremos de cenas de instrumentistas de talento, pero no hallaremos un solo violinista que satisfaga plenamente; que haya logrado imprimir a su discurso genuinos armónicos; que haya podido equiparar su idioma, en todos sus elementos, al de los de-
            más miembros organográficos, y cuyo timbre, o cuyo fraseo, sean realmente los que exige el jazz.
            En algunos de ellos, la técnica de la música "artística" hace su potente irrupción y ahoga hasta los últimos efluvios folklóricos que palpitan en otros instrumentos del organismo jazzístico, y en los cuales la música sincopada busca la savia que la alimenta y le brinda su eterna frescura y su dinamismo, así como le evita la esterilidad y la aridez.
            Artista dotado de un generoso margen de recursos técnicos, de arco plenamente seguro, aun en los pasajes de más endiablada bravura, Joe Venuti es un ejemplo de lo dicho. Penetró verticalmente el mecanismo violinístico; lo dominó por dentro y por fuera; investigó su anverso y su reverse. Y ago- tó, prácticamente, las posibilidades que le brinda su instrumento, inclusive los efectos de "arco polifónico", gracias a los cuales el violín puede sonar como una armónica o como un blue blowing. Pero, al oponerse a la tradición afro norteamericana y persistir en reiterados clisés y en pirotecnia violinística huida de algún libro de ejercicios, se vacían de contenido sus soli, en los que, no obstante, suelen encenderse chispazos de talento, y en los cuales obtiene un ataque como pocos logran en su instrumento. Por otra parte, su fraseo hállase tan divorciado del que requiere el jazz como lo puede estar el de cualquier cultor de la música "erudita", y a menudo su discurso está salpicado de citas textuales de Debussy, cuando no de Puccini y de Verdi. Sin embargo, durante largo tiempo, su fama alcanzó una curva tan elevada que, hablar del violín en el jazz, era como mencionar el nombre de este artista.
            Vamos a escuchar a Venuti a través de la grabación de Stringing the Blues, que no es sino el Tiger Rag. Lo secunda su inseparable compañero, Eddie Lang, cuya guitarra está hoy enmudecida.
            En otros violinistas, el influjo de la técnica gitana impregna su lenguaje y le escamotea el estilo, el timbre y el fraseo que requiere el jazz, y lo sume en un territorio híbrido que, en última instancia, podrá resultar estéticamente agradable, o técnicamente atrayente, pero que, como expresión de jazz, no puede tomarse en serio.
            Ejemplo de lo dicho son las versiones de Stephane Grappelly, de quien ya sale al aire Djangology.
            Hemos dicho en nuestra emisión del sábado último que el violín no ha alcanzado la tesitura de asimilación del lenguaje jazzístico conquista- do por otros instrumentos. La aseveración no implica, en forma alguna, que en la música sincopada no se hayan destacado algunos cultivadores de este instrumento, aún en la actualidad. Hay varios violinistas de jazz. Sin embargo, evidente resulta que no han conquistado tanta nombradía como sus colegas que se expresan a través de otros miembros organográficos del género, quizá por la propia naturaleza del instrumento, cuyo lenguaje, reiterémoslo, es muy difícil, si no imposible, de ser consubstanciado con el del arte hot.

            Darnell Howard ha sido uno de los primeros cultores de este instrumento, cuyo nombre saltó a primera fila del jazz. Lo hizo durante el decenio de 1920. Hoy es uno de los más señeros clarinetistas de la clásica escuela de Luisiana, y los discos grabados durante su permanencia en la orquesta de Kid Ory, han quedado como fieles testimonios del dilatado alcance de su voz en el concierto del jazz. Pero también destaca su perfil como uno de los violinistas que más han logrado aproximar su léxico al idioma del arte de las sincopas, al que aporta un ataque másculo y preciso, una generosa fluidez melódica y un discurso en el que se advierte, sin esfuerzo, el deseo de hufr de los timbres esencialmente melódicos, cantabiles, para refugiarse en los sonidos cortantes y enérgicos que caracterizan a la especie musical en que fijamos nuestra mirada. Además, en sus interpretaciones hay espontaneidad y brio convincentes.
            En nuestra audición anterior, una página de este músico ilustró el papel de solista que se le asigna al violín cuando aparece en el jazz. Oigámoslo ahora en uno de sus mejores momentos, captado con el organismo de Junie C. Cobb, conjunto en el que la crítica extranjera no ha reparado, quizá porque sus discos son bastante esotéricos. La página se titula Shake That Jelly Roll. Se escuchan aquí dos violines; el primero es Darnell Howard.
            En Chicago, donde actuó durante dilatados años, Darnell Howard tuvo diversos alumnos que siguieron sus huellas violinísticas. Uno de los de mayor aliento ha sido Eddie South, quizá el instrumentista de esta cuerda técnicamente mejor dotado del jazz. Por otra parte, así como recibió el influjo de Howard, irradio su influencia a casi todos los violinistas que lo siguieron en el orden cronológico. Dueño de un sonido depurado y de un "color" sumamente bello, así como firme en todas sus gradaciones, no hay dificultad en el lenguaje de su instrumento que no pueda vencer sin esfuerzo aparente. Soli en la prima, efectos de dupla corda, golpes de arco, pizzicati: todo lo realiza en forma impecable. Pero Eddie South es un violinista "de conservatorio", que ha llevado el instrumento de Sarasate al seno del jazz, pero que no ha podido adaptar por completo sus posibilidades a las necesidades del lenguaje musical de Buddy Bolden.
            Recurramos al disco fono eléctrico para tener una impresión del estilo de South. Gotta Go es, quizá, una de las realizaciones mejor logradas por este artista, cuya voz es, además, la primera que se oye entonando el refrain. De su desempeño en este terreno es mejor no hablar.
            A pesar del elemento "humorístico" que tuvo que introducir en sus versiones para poder llegar con su música a grandes sectores de público, Stuff Smith es un artista de innegables dotes. Sus ejecuciones sobrenadan por el vigor, por el ataque “duro” con el que interpreta y el timbre acre y mordaz que suele introducir, valiéndose de un amplificador eléctrico. Pero sus improvisaciones son erráticas, desordenadas, y a menudo faltas de continuidad por la introducción de frases "retorcidas" o screwy, como dicen los negros. Sin embargo, es un virtuoso capaz de esgrimir recursos técnicos interminables y de muy buena ley. Y estamos seguros de que si el jazz no hubiera sido considerado música ficta en su época, por lo que se vio obligado a introducir efectos "humorísticos" en sus versiones, Stuff Smith habría llegado a ser el mayor violinista de jazz de cualquier tiempo.
            De este artista se radia It Ain't Right, grabado al frente de su orquesta.

            Ray Nance, trompetista y cantante que actuó en las orquestas de Earl Hines y Horace Henderson, y trabaja en la actualidad en la de Duke Ellington, es asimismo un violinista de fuste. Como Stuff Smith, en sus versiones suele asomar el elemento de minstrel show. Pero su estilo recoge lo mejor de Eddie South y lo más valioso de Darnell Howard, Y es, como ellos, y como Stuff Smith, un técnico para quien el violín no aloja secretos. A fondo conoce las distintas posiciones y puede lograr un sonido "legítimo" en todos los registros. Desde el punto de mira jazzístico, adolece de los mismos defectos de todos sus colegas, defectos que anidan en el seno de las propias posibilidades del instrumento.
            De lo más jazzístico de Ray Nance es The C Jam Blues, que se radia en versión de Duke Ellington.
            Podemos preguntarnos, por fin, qué ha sido del violín en el jazz de tendencia "ultraísta". ¿Ha muerto? No; pervive. Y tiene varios representantes. Uno de ellos es Sam Kaplan. Lo oiremos como concertino, o sea como primer violín del conjunto de que secunda a Charlie Parker en Summertime. No se sorprenda el oyente por el acompañamiento escogido por el saxofonista mencionado, pues Charlie Parker, como Aaron Copland, Charles Ives y otros músicos, experimentaba particular inclinación hacia los organismos instrumentales más heterogéneos, desde los de la música hillbilly hasta las bandas de pueblo, pasando por los conjuntos en que la cuerda predomina."

            Ortíz Oderigo, Néstor
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-2-1-000546 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            Guion para el programa radial "Meridiano del jazz", transmitido el sábado 25 de julio de 1964 a las 10:00 horas. La primer foja muestra la lista de los discos emitidos al aire ese día.
            Se comparte el texto de la disertación preparada por Néstor Ortíz Oderigo, que se encuentra a partir de la segunda hoja, en el PDF de este registro:

            "Desde comienzos de la esclavitud emplearon los negros norteamericanos el fiddle o violín rudimentario, construído con madera rústica, o con una caja de cigarros, y cuyo par de cuerdas -cuando no su única cuerda- estaban fabricadas en la más primitiva forma. A veces, crines de caballo servían para tal fin, o asimismo trozos de alambre fino.
            Quienes escucharon, en las plantaciones del Sur, las ejecuciones de los fiddlers o violinistas "primitivos", nos han dejado relatos muy interesantes respecto de la habilidad de estos instrumentistas. Y el ubicuo Lafcadio Hearn, en notas escritas durante el séptimo decenio del siglo pasado, describe las interesantes versiones de estos "virtuosos", sorprendidos por su pluma en los muelles de Cincinnati.
            En el curso de nuestras investigaciones en el campo de la etnomusicología, hemos tenido la fortuna de hallar un documento del más alto interés musicológico, hasta ahora no mencionado por ningún estudioso, y al que nos referimos en nuestro último libro, titulado La música afro norteamericana. Se trata de la narración del escritor y botánico, Henry William Ravenal (1814-1887), en la que describe una Navidad en las plantaciones del sur de los Estados Unidos. Al respecto, dice:
            "La música, ¡sombra de Paganini! ¿Cómo hacerle justicia? Si la admiración y el aplauso pueden considerarse índices del éxito, el héroe del día era el fiddler, y merecía honestamente los honores que se le tributaban. Hasta la casa lo escoltaba un grupo de muchachos admiradores, entre las risas aprobadoras de quienes él más valoraba." (Recordemos, de paso, que la llamada second line o segunda fila, integrada por jóvenes admiradores de los músicos, hacían lo propio con las brass bands en la Nueva Orleáns finisecular, y alrededor de los tambores, en los candomblés afrobrasileños de Bahía, siempre hay una serie de niños que observan, absortos el quehacer artístico de ejecutantes que maravillan con sus proezas rítmicas, polirrítmicas y tímbricas.)
            "Si por el exceso de trabajo, el fiddler rompía las cuerdas, y no tenía otras a mano -continúa el mencionado escritor y hombre de ciencia- unas hebras de seda ponían, de nuevo, su instrumento en marcha. Si el arco no cumplía adecuadamente su función, y no había resina a mano, la goma de una antorcha de pino servía igualmente bien.
            "Como digo, el fiddler era un músico de primer orden, y, por consiguiente, se lo respetaba (...). A menudo cantaba el refrain en unas pocas palabras, conservando la armonía y el tempo de la melodía"-concluye el autor de este relato, traducido aquí solo parcialmente, y que arroja un potente haz de luz sobre oscuros aspectos de la música afroamericana.
            Con el correr del tiempo, la tradición de los violinistas negros no ha fenecido. En los minstrel shows o espectáculos de menestrales, este miembro organográfico era infaltable, al lado del banjo, de la pandereta y los bones. Además, en torno del violín se generó un tipo de organismo que, en el sur de los Estados Unidos, pervive hasta la hora actual: la string band u orquesta de cuerda, integrada por uno o dos violines, banjo, guitarra, mandolina y contrabajo.
            Estos músicos folklóricos, que nunca han oído hablar de Paganini, ni saben cuántas son las posiciones del violín, colocan el instrumento en forma vertical, contra el pecho. Utilizan posiciones falsas e incurren en todos los vicios que los conservatorios tratan de extirpar. Pero conocen en profundidad el secreto para trocar los defectos técnicos en artísticas virtudes. Y han creado todo un jugo so repertorio que es clásico, y entre cuyas páginas figuran piezas como Ida Red, Chinese Rag, If the River Was Whiskey, Cold Iron Bed y Nine Hundred Miles, que ya está en el plato giratorio del "control".
            Si se tiene en cuenta la tradición a que nos hemos referido, no puede llamar la atención el hecho de que, en todos los tipos de orquesta negra, el violín haya sido siempre un miembro/organográfico cuya presencia se ha dilatado a través del tiempo. En los conjuntos integrados por jugs o potes, washboards o tablas de lavar metálicas, banjo y otros instrumentos nacidos en el ámbito de la cultura folk, a los que se denomina skiffle o spasm bands, el instrumento de Paganini es poco menos que infaltable.
            Resulta altamente sugestivo el hecho de que en el tipo de organismo que acabamos de escuchar, el violín ha encontrado un sitio en el escalonamiento armónico que le permite un singular rendimiento, tanto como solista cuanto como miembro del ensemble, pues se lo ubica, con rara inteligencia, en las improvisaciones de tres partes, como colaborador, a veces, de un saxófono alto, de un C melody o melódico en Do -que suelen oficiar de cornetas- y un jug grave, que cumple la función del trombón. En esta especie de conjunto, el miembro organográfico que nos ocupa resulta irreemplazable.
            Comprobaremos lo dicho respecto de la improvisación, o de la ejecución tripartita esta vez a cargo del trombón con sordina de fibra, la guitarra colocada en la front line y el violín oficiando de clarinete-, a través de la versión de Shoe-String, en manos del tan famoso como raro conjunto de Clifford Hayes: Hayes (violin), Hess Grundy (trombón), Earl Hines (piano) y el guitarrista Carl Smith, quien no merece el anonimato en que yace su nombre.
            Los cancionistas de blues tampoco despreciaron al violfn. Ora lo utilizan para subrayar la faz melódica de la página; ora con el fin de llevar el efecto de contraste, o dibujar tímidas improvisaciones.
            Bessie Smith nos trae el ejemplo requerido. Se trata de Hateful Blues, vieja grabación no reeditada, y que tiene exactamente cuarenta años. El violinista es Robert Robbins. Al piano sentó se Irving Johns.
            Durante algún tiempo, el violín se conservó en las orquestas de jazz gracias a la tradición de los conjuntos de que hemos hablado y como un vestigio de los organismos de cuerda, de tipo europeo, que precedieron a los sincopados en los sitios de esparcimiento. Fue así como, entre otros grupos, la Original Superior Orchestra contó con la colaboración de Peter Bocage, luego destacado cornetista. Además, el violinista era, por lo general, como el pianista, el músico de formación "académica", el que conocía la solfa y, por consiguiente, el que aprendía las nuevas melodías y las enseñaba a sus compañeros. Sin embargo, evidente resulta que este instrumento no es un miembro organográfico susceptible de ajustarse al lenguaje del jazz. Es esencialmente melifluo; a perfección se adapta para "cantar" melodías. Por eso acusa tanto predicamento en la música "artística", en cuyo seno se lo utiliza en número de hasta treinta y dos. Mas, puesto a crear espontáneamente en el lenguaje del jazz, sus posibilidades son exiguas, en particular por su inadaptación tímbrica, por su falta de recursos para lograr el timbre vocal que caracteriza al género. Además, el escaso campo que abarca en materia de intensidad, al lado de la trompeta, del trombón y aun del clarinete, lo coloca en situación de desventaja. Por otra parte, es muy difícil, si no imposible, de ser integrado en el cuerpo sonoro de la orquesta sincopada. De ahí que, generalmente, se limite al papel de solista.
            Es lo que ocurre en la grabación que ya sale al aire, a cargo de la orquesta de Earl Hines. La página se titula Caverniam y el solista es Danell Howard.
            El paso de la escuela de los country fiddlers, de los violinistas folklóricos o "primitivos", al territorio del jazz, fue un lento, un dilatado, un laborioso paso, así como un paso débilmente asentado en la base del jazz. Lo demuestra cabalmente el disco que se radia continuación. Es
            Frog Hop, sobre las armonías del Tiger Rag, en versión de los músicos ya mencionados y reunidos en torno del violinista Clifford Hayes.
            Si bien el jazz clásico se basta y se sobra con seis o siete instrumentos, en el camino de su evolución, la música sincopada ha recogido e incorporado a su cuerpo organográfico los más diversos miembros del instrumental europeo, inclusive algunos de tan poca adaptación a su timbre y a su fraseo como el vibráfono y el xilófono. Sin embargo, sintomático resulta que el violín, a pesar de la dilatada tradición que lo respalda en el mundo de la música afroamericana y de que muchos pioneros, como Freddie Keppard, Ledn Rappolo y Darnel Howard, se iniciaron en este instrumento, no ha logrado adaptarse plenamente a su lenguaje. Y su presencia, rompe a menudo la unidad de las versiones, tal como puede apreciarse en Ain't Misbehavin', de Louis Armstrong, con Carroll Dickerson como solista."

            Ortíz Oderigo, Néstor
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-2-1-000535 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            Guion para el programa radial "Meridiano del jazz", transmitido el domingo 21 de marzo de 1965 a las 13: horas. La primer foja muestra la lista de los discos emitidos al aire ese día. Hay una nota manuscrita escrita en color rojo, que menciona que "Esta emisión gustó mucho".
            Se comparte el texto de la disertación preparada por Néstor Ortíz Oderigo, que se encuentra a partir de la segunda hoja, en el PDF de este registro:

            "En nuestra emisión del domingo pasado, el tiempo no nos permitió referirnos más que a uno de los incontables pianistas de jazz, a quienes no es posible ubicar, en forma definida y definitiva, en ninguna de las distintas escuelas jazzísticas, ni aun en las prejazzísticas. Se trata de instrumentistas a quienes denominaremos "independientes". Sus estilos son autónomos. Pues no están enrolados en ninguna de las corrientes pianísticas a que nos hemos referido en el curso de este breve ciclo que estamos consagrando a la función del piano en el territorio del jazz y al quehacer de algunos de sus cultivadores. Ello no obstante, en sus lenguajes pueden haber, y sin duda hay, elementos de las tendencias estilísticas ya referidas. Por consiguiente, permítasenos ampliar hoy este capítulo.
            Abriremos el fuego hablando de Clarence Williams. Trátase de un músico que rebasa con holgura las fronteras del tema que estamos tratando. Es una figura polifacética. Vastas son sus dimensiones estéticas. Su labor se proyecta no sólo hacia distintos rumbos del jazz, sino también hacia el campo de los blues-Vocales e instrumentales- y del ragtime pianístico. Porque Clarence Williams es pianista y cantante, orquestador y compositor, poeta y editor. Y hasta compilador de libros sobre folklore. Por lo demás, todo ello lo ha realizado con probidad, con eficiencia y entusiasmo, pero sin estridencias ni alharaca, y sin que "crfticos" extranjeros, demasiado vinculados con las empresas fonográficas para recibir ese nombre, le hayan entonado loas.
            De Clarence Williams todavía no se ha efectuado un aquilatado estudio que coloque sus indudables virtudes en la plancha de la báscula, para justipreciar hasta qué punto gravitó en el meridiano del jazz, desde los distintos planos de su versátil quehacer artístico. Quienes hemos seguido su obra con interés y algún empeño, podemos afirmar, sin temor a pisar terreno falso, que su aporte es cuantioso y que la casi totalidad de sus discos, grabados con grupos estelares o con músicos en su momento desconocidos pero de garra, conservan su verdor a través del tiempo. Y si no se lo aprecia más en el ámbito del arte hot, es sencillamente porque sus grabaciones no son de fácil adquisición, a pesar de que, durante estos últimos tiempos, algunos de ellos han sido reeditados, aunque por sello s fonográficos que no alcanzan eco popular, sino que van a reducidos sectores de especialistas.
            En el umbral de estos apretados párrafos, señalemos que este artista fue de los primeros músicos que utilizaron el piano para Comenzar las versiones orquestales, iniciativa ésta que Count Basie adoptaría como característica poco menos que ineludible de sus versiones.
            Veterano del Mahogany Hall, de Lulu White, la "Diamond Queen", se ha destacado Clarence Williams como pianista de amplio aliento en el campo de los blues y del ragtime. Y a ambos territorios lleve los chispazos de una fuerte personalidad, que hace que sus versiones sobrenaden entre las de sus colegas. En este último terreno, por ejemplo, su Wild Flower Rag, del que no dejamos de gustar a pesar del tiempo que nos separan de la fecha de su creación -mediados del año 1928-, es un verdadero modelo de habilidad y mesura en el ejercicio de un lenguaje apretado, caracterizado por la economía de recursos y el derroche de expresividad. Por otra parte, en el idioma de los blues adaptados al teclado -lengua que habla con fluidez-, su léxico está salpicado de hallazgos que lo colocan en la cresta de la ola del género, al lado de los más fogueados especialistas.
            Ejemplos representativos de su personalidad, son los acompañamiento s que teje a la cancionista Bessie Smith en páginas tan persuasivas como Gulf Coast Blues y Down Hearted Blues.
            Ya que hemos incursionado en los dominios del blues, detengámonos algunos instantes en un pianista ampliamente conocido entre los estudiosos extranjeros y los aficionados que se interesan por esta especie musical afro norteamericana. Hablamos de Irving Johns. Es más: el touch de este pianista se ha tornado inconfundible en cuanto pulsa el primer acorde. Consagrado casi invariablemente a la difícil tarea de acompañante de cancionistas, en particular cancionistas de blues, Irving Johns ha hecho de este quehacer una especialidad realmente creadora y significativa. A ella aporta el tacto, la mesura, la discreción y ese don de no ponerse muy en evidencia que se requieren no sólo para dar relieve al artista a quien se secunde, sino también para no entorpecer su labor. Digamos asimismo que Johes es un pianista que posee mucha más técnica de la que los acompañamientos de blues le permiten poner en juego. Su sonoridad y su touch son los de un profesional hecho y derecho.
            Oigámoslo, como acompañante de Bessie Smith, en Jailhouse Blues. Se trata de un blues de neto contenido social, que recoge versos clásicos en el género.
            Como en los casos de Horace y Fletcher Henderson, el campo específico de Edgar Hayes ha sido la orquestación y, en menor grado, la composición. En el territorio de estos quehaceres, evidente resulta que la influencia de Duke Ellington se hizo sentir con fuerza. Love's Serenade, por ejemplo, se acerca bastante a Mood Indigo y a otras páginas de la antologia ellingtoniana, aunque desde luego que guardando las debidas distancias. No obstante, hurgando profundamente en su labor pianística, podría quizá hallarse en ella algo de Earl Hines, Pero no olvidemos que, cuando el creador de Fifty-seven Varieties apenas era conocido en Chicago, Edgar Hayes había ya alcanzado la madurez y actuaba generosamente en Harlem, donde era un músico de éxito. Por consiguiente, podemos considerarlo un pianista de estilo autónomo. Y si es dado reconocerse influjos en sus "maneras", los ha diluído y fusionado en un neto estilo personal, caracterizado por una mano izquierda sólida y ágil y un discurso que fluye, generoso, de la derecha.
            Con la Mills' Blue Rhythm Band, oigámoslo en Heebie Jeebies.
            Si bien muy lejos se hallaba de la talla de James P. Johnson, de Earl Hines o de "Fats" Waller, Luis Russell llegó a ser un elemento discreto, dentro del extraordinario marco de su orquesta, que, en determinado lapso, figuró sobre un mismo pie de igualdad con las mejores del género. Pero Russell era, ante todo y sobre todo, un orquestador y un líder orquestal, y como pianista no se asomaba muy frecuentemente en soli, sino que limitaba su quehacer a la marcación rítmica. Y dentro de esta labor, nada podía reprochársele.
            Al vigoroso Jersey Lightning, grabado al frente de su orquesta, aporta un mesurado solo.
            Duurante la década de 1930, varios directores de orquesta que entonces conquistaron prestigio y nombradía, eran pianistas y orquestadores, cuando no también compositores. Entre ellos, Horace y Fletcher Henderson, Duke Ellington, los ya mencionados Edgar Hayes y Luis Russell, el Hines, Fredrel die Johnson, Claude Hopkins y tantos otros.
            Al mundo de la composición y del arreglo orquestal, vino Claude Hopkins bajo la advocación de Duke Ellington. Ello puede apreciarse con claridad escuchando páginas suyas como Washington Squabble y Mystic Moan. Pero llegó a esta estética por vías muy diferentes de las del maestro washingtoniano. Porque, en el decurso de los años veinte, con su Charleston Jazz Band, acompañó a Josephine Baker, durante su actuación en la Revue Negre, en la que la vedette de ébano aparecía ataviada con un sumario monokini de bananas.
            Aunque la mano izquierda de Claude Hopkins suele contener destellos wallerianos, es un pianista muy personal en su decir. Evidentemente, no milita en ninguna tendencia estética. Su estilo, sencillo, es cantabile; algo débil, su touch. Pero es un instrumentista netamente "musical" y libre de trabas de orden técnico. Durante los años treinta, su orquesta alojó un puñado de estrellas, entre las que figuraron Edmond Hall, que a la sazón manipulaba con destreza el saxófono barítono, y el trombonista Fernando Arbello, gran técnico a quien conocimos en Buenos Aires, cuando nos visitó con la orquesta de Pérez Prado.
            Puede apreciarse el "toque" de Claude Hopkins, en Walkin' the Dog. Es un registro de su orquesta.
            Muerto en el año 1945, en Calcuta (India), donde estaba radicado, Teddy Weatherford era otro pianista susceptible de figurar entre los "independientes". Sus "maneras" artísticas podían tener, y sin duda poseían, algo de los cultivadores del ragtime. Pero su estilo exhibía una robusta personalidad, a pesar de que sus ejecuciones eran algo mecánicas. Porque, aunque navegó esporádicamente en las corrientes del ragtime y de los blues llevados al teclado, nunca fue un especialista en ninguna de estas dos especies musicales afro norteamericanas.
            Static Strut, en versión de la orquesta de Erskine Tate, exhibe un solo de este pianista. El cornetista es Louis Armstrong. Aunque las discografías no lo dicen, según nuestros oídos hay aquí dos pianos. El de Weatherford es, por supuesto, el que lleva la voz cantante. Ignoramos quién puede ser el segundo pianista.
            Nacido en Nikolaev (Rusia), a los seis años fue llevado Art Hodes a los Estados Unidos. De niño tomó contacto con la música de los negros de Chicago, cuyos latidos se ha esforzado, desde entonces, por captar con el mayor grado de pureza. Sin embargo, su mecanismo técnico, precario en grado sumo, lo inhibe y lo coarta en sus esfuerzos, sin duda sinceros, de expresarse a través del lenguaje de los blues, con los cuales está espiritualmente pero no técnicamente consubstanciado. A pesar de ello, ha sido exaltado por críticos extranjeros que fundan sus juicios sobre la base de las intenciones -no de las realizaciones- de los músicos, o sobre sus gustos personales, que anteponen a la objetividad que requiere el oficio. South es una muestra representativa de las posibilidades técnicas y artísticas de Art Hodes. Es un conjunto reclutado por el propio músico.
            Cuando Teddy Wilson apareció, durante los aflos treinta, causó sensación, Auténtica sensación. Criticos extranjeros y aficionados se lanzaron tras las huellas de sus soli. Los rastrearon hasta por la vía de conjuntos como el del insoportable cantante Bob Howard, donde no solamente se hallaban las "sorpresas" wilsonianas, sino también los portamenti clarinetisticos de Barney Bigard.
            En 1933, Teddy Wilson grabó con la orquesta de Louis Armstrong. Pero el creador de Cornet Chop Suey hallábase entonces demasiado preocupado por los agudos, para prestar atención al astro que surgía con fuerza evidente. Por eso, para tomar contacto con los primeros soli del artista, hay que recurrir a la orquesta de Willie Bryant o ingerir la píldora amarga de Bob Howard, que no es para todos los estómagos.
            Willie Bryant era también un cancionista pésimo, pero tenía una virtud: no siempre se hacía presente en las versiones de su orquesta. Y la primera de las grabaciones que Teddy Wilson realizó con este organismo, se libró de la voz del director. Era Throwin' Stones at the Sun. Aquí encontramos un Teddy Wilson todavía en agraz.
            Surgidos estos primeros registros fono eléctricos de Teddy Wilson, muchos de sus colegas acercaron el oído celosamente a sus creaciones y templaron sus dedos para captar los latidos de su estilo. Una nube de imitadores y émulos de toda laya pobló entonces el cielo del jazz. Se llamaban Billy Kyle, Mel Powell, Joe Bushkin... Y todos ellos se habían iniciado al amparo de la influencia de Earl Hines o la sufrieron posteriormente. Entretanto, continuaban surgiendo los discos de este renovador del piano jazz.
            Teddy Wilson ha sido un hijo artístico de la escuela de Earl Hines, de la "escuela de trompeta", del trumpet piano style. Pero un hijo que no tardó en abandonar el hogar paterno, para lanzarse a la búsqueda de su propio rumbo. Y lo encontró; lo encontró con la brujula de una sólida y bien desarrollada técnica, al servicio de un gran estilo, de un estilo de al to vuelo. Porque, aunque bebió a grandes sorbos en el trumpet style, en ningún momento llegó a la copia fiel de las "maneras" de su creador. sólo se inspira en ellas. Y no titubeó en pasarlas por el tamiz de su propia personalidad y dejar en su cedazo lo que, para él, constituían las partes gruesas de esas "maneras". Fue así como, la izquierda vigorosa, saltarina, inquieta y caprichosa de Earl Hines, se tornó más plástica, menos nerviosa, más "musical" y delicada.
            Un ejemplo de lo dicho es I`ll Never Be the Same, grabado al frente de su orquesta y con la colaboración de Billie Holiday.
            Igual tratamiento que el acordado a la mano izquierda, concedió Teddy Wilson a la melodía, al timbre, al fraseo. Y la "escuela de trompeta" dio paso a un estilo cuidado, en el que reinan el orden y la disciplina más celosos, con "toques", a veces excesivos, de métodos de "conservatorio" y escalas salidas de los libros de ejercicios de Czerny. Como jazzman, pues, Teddy Wilson es inferior a Earl Hines, y menos original. Pero siempre se muestra relaxed, nunca tenso; siempre medido, jamás excesivamente decorativo. Por otro lado, es capaz de crear ideas originales, y se plantea problemas técnicos que resuelve con habilidad y sin esfuerzo aparente. Contrariamente al procedimiento de Earl Hines, con la mano derecha, que cobra preeminencia sobre la izquierda, teje una línea melódica en la que hallamos dilatadas secuencias de notas individuales. Abríase, en esta forma, la puerta al "ultraísmo" aplicado al piano.
            Oigamos otra creación de este artista. Es Warmin' Up, obra que lleva su firma. Es un conjunto reunido en torno de él. Figuren en su seno, entre otros, Roy Eldridge (trompeta), Buster Bailey (clarinete), Choo Berry (saxófono tenor) y Sidney Catlett (percusión.
            En la modalidad pianística de Mary Lou Williams hallamos una simbiosis de elementos provenientes del stride piano style, de los estilos de Fats Waller, Earl Hines y Teddy Wilson. Pero el resultado de ella, es un estilo altamente singular, altamente personal, alumbrado por la iridiscencia de un timbre pianístico inconfundible, que tiene algo del barrel-house y no poco de los grandes concertistas de la música "académica".
            Sin embargo, se trata de una pianista de estilo netamente jazzístico. Cabe añadir que Mary Lou Williams, que ejecuta con la fuerza y el vigor de un hombre, es una arreglista de fuste, que ha "hecho" grandes orquestas como la de Andy Kirk y ha trabajado para conjuntos de diversos grados de eficiencia, pero a los que siempre ha impreso una robusta e inconfundible individualidad.
            Pero no nos extenderemos sobre las virtudes de esta interesante silueta jazzística, pues, al hablar de la mujer en el jazz, en una de nuestras emisiones del año 1964, le consagramos amplios párrafos. Escuchemos, entonces, una de sus grabaciones más características, dentro del lenguaje clásico; porque luego evolucionó hacia otros planos de la estética del jazz. Nos referimos a Isabelle.

            Ortíz Oderigo, Néstor
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-2-1-000505 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            Guion para el programa radial emitido el domingo 25 de febrero de 1965 a las 13: horas.
            Se comparte el texto de la disertación preparada por Néstor Ortíz Oderigo, que se encuentra en el PDF de este registro:
            “Sabido es que los primeros conjuntos de jazz, por su carácter ambulante, prescindían del piano. Sin embargo, este instrumento no tardó en unir sus ricas voces al coro de la orquesta sincopada. Y lo hizo no sólo como integrante de la sección rítmica, sino también como solista. Pero, tal como ocurre asimismo en el seno de la música afrocubana y en el de la afroamericana en general, en el jazz el piano se convierte en un instrumento de percusión.
            Por otro lado, los pianistas no permanecían inactivos durante la época en que las orquestas hot prescindían de sus servicios. Actuaban, como solistas, en las "casas de mala fama" de Nueva Orleáns, en los honky-tonks de Saint Louis y Sedalia, y en los lugares de esparcimiento de Harlem.
            De todos los miembros organográficos, el más difícil de abordar por el músico folklórico o el "popular", es el piano. Por su complicado mecanismo técnico y por el hecho de que, en realidad, es un instrumento de adaptación muy embarazosa al fraseo y el timbre peculiares de la música afro americana y del jazz, su lenguaje jazzístico se desenvolvió con mucha mayor lentitud que el de los otros miembros de la orquesta. Por lo demás, cuando los músicos negros enfrentáronse con los instrumentos europeos, no los emplearon en la forma "académica" en que lo utilizan los músicos "cultas".
            Antes al contrario, los enfocaron "a su manera". I de esta manera" propia de ellos, surgieron normas y técnicas de ejecución que, en no pocos aspectos dilataron las sendas órgano gráficas con insólitos aportes. Si el piano se resistía a la imitación de la calidad vocal del arte hot, los ejecutantes sustituían los efectos de vibrato, de los instrumentos aerófonos, por el tremolo en octavas, y a les inflexiones de las voces, reemplazaba la presión simultánea de dos o más notas.
            Una de las primeras aproximaciones del músico negro al piano, tuvo lugar por la vía del ragtime, música pianística por excelencia, derivada del banjo de las plantaciones del sur norteamericano.
            Desde el punto de mira formal, los ragtimes exhiben una morfología casi inmutable, Cada parte o sección en que se dividen sus melodías consta, por lo general, de dieciséis compases de extensión, aunque los hay también de treinta y dos, y a veces, en una misma página, conviven ambas medidas. Los rags están integrados por tres o cuatro temas distintos, no siempre vinculados entre sí, y a veces ofrecen un agudo contraste. Uno de estos motivos, por lo general el segundo, destaca por incluir un cambio de clave, y se denomina Trío. A estos temas los precede, y a veces los sigue, une introducción o una coda de cuatro compases.
            Pero no nos extendamos sobre el ragtime. En el de curso de este ciclo y de otro consagrado a la música afroamericana, ya nos hemos ocupado in extenso del género. Vayamos a la discografía. El registro que surge en nuestro auxilio es el hermoso Saint Louis Rag, de Tom Turpin. La versión corre a cargo de su autor, quien la registró en rollo de pianola en el año1903. Casi medio siglo más tarde fue transcripta al disco.
            La escuela de los blues pianísticos incluye el boogie woogie y el llamado barrel-house. En ella, el piano crea líneas melódicas y rítmicas de blanda articulación, así como timbres de singular riqueza, y a los que la disonancia brinda una atmósfera de particular belleza y seducción. Por cierto que el jazz pianístico no ha podido divorciarse por completo de la técnica europea. I es así como, hasta la producción de excepcionales cultores de esta modalidad del teclado que es la más genuinamente afro- norteamericana-, exhibe una constante utilización del contraste tímbrico, logrado sobre la base del empleo de las distintas octavas del instrumento, al estilo de la música "erudita".
            También desempeña un papel de subida consideración en esta "manera" de ejecución del piano, la utilización de diseños sonoros heredados de las versiones guitarrísticas de la másica folklórica de los negros de los Estados Unidos, y entre los que destacan los trinos y los tremoli. En este sentido, por ejemplo, es común parangonar el boogie woogie con la música de Scarlatti. Desde luego que el paralelo no es arbitario. Responde al hecho de que, como se sabe, este compositor hizo un género so uso de las técnicas de los laudistas españoles.
            Con el correr de los años, la escuela pianística de los blues ha ido evolucionando. Pero no es un arte fenecido, que hoy pertenezca a la etnografía musical. En diversas zonas de los Estados Unidos, pervive con neto carácter folklórico.
            Un autorizado exponente del blues pianístico era "Cow Cow" Davenport.
            Gracias a su notorio Cow Cow Boogie, hasta conquistó relieve popular. Algo irregular se mostró a través de su generosa discografía. Pero, en sus buenos momentos, fue capaz de crear páginas de la belleza punzante y persuasiva de Slow Drag.
            Al hablar de los blues en el piano, hay un artista cuyo nombre se torna inevitable. Aludimoa a Jimmy Yancey.
            La mayoría de los pianistas de boogie woogie, se caracterizan por la mano izquierda vigorosa y percusiva con que ejecutan. No era éste el caso de Jimmy Yancey. Pues este artista se había colocado al otro lado de la trinchera. Y así forjó una personalidad muy alejada de toda intención ampulosa o espectacular. Porque el rasgo peculiar de sus creaciones lo constituía el touch delicado, aéreo, con que vertía los blues. Improvisador de fluencia singular y dilatado estro, sabía mantenerse dentro de un plano de mesura realmente ejemplar. Por eso, sus versiones llamaban la atención, en particular, por la sobriedad sobre cuya base se desenvolvían.
            Por lo demás, señalemos que sus realizaciones pianísticas, de una parquedad y una economía de recursos notables, han llegado a convertirse en verdaderos modelos de blues plegados a las exigencias pianísticas. En ellas, nada hay del exhibicionismo al que, ejecutantes de dudoso gusto, han condenado al boogie woogie. Quizá por este motivo, Jimmy Yancey no alcanzó nunca la elevada curva de popularidad de que gozan otros pianistas del género, cuyos estilos son más llamativos. Porque su arte era una inconfundible expresión de autenticidad raigal, un ejemplo de serenidad, nobleza y equilibrio. A veces, hasta resultaba descarnado en exceso, demasiado simple para el oyente que no penetre cabalmente en el expresionismo denso y hondo que era capaz de aprehender y trasmitir este singular artista.
            Hablemos ahora del barrel-house. Esta denominación ampara a cierto tipo de bares o cheap saloons existentes en los barrios negros de ciudades norteamericanas. En ellos, las bebidas se expenden directamente de las bordalesas, en cuyas espitas los propios clientes llenan el vaso o jarro, por la modesta suma de veinticinco centésimos de dólar. De ahí el nombre de barrel-house, que, literalmente, significa "la casa de los barriles".
            A estos bares concurre la capa más modesta de la colectividad afronorteamericana. De la atmósfera de estos sitios provienen no pocas de las iniciativas musicales que, aun en la actualidad, impiden que el jazz se convierta en una música almidonada y tiesa. Y de allí viene el estilo pianístico que lleva este nombre, así como las "maneras" del jazz también denominado en esta forma. Porque la modalidad del teclado así llamada, no sólo es una manera directa, máscula y persuasiva de tocar el piano. También constituye, y en primer lugar, un "sentido" musical, una atmósfera musical que imprime al jazz que respeta dicha "estética", un perfil particular. La del barrel-house, más que una "técnica", es un "espíritu". Por eso, los blues pianisticos más low-down, más down-to-earth, más castizos y desnudo s de ornamentos superficiales, son los llamados barrel-house blues.
            Varios pianistas cuya producción ha llegado hasta nosotros a través del disco podrían ilustrar nuestras palabras, desde Little Brother, hasta Blind Leroy Garnett, desde Charlie Segar, hasta Sugar Underwood. Pero la pianista y cantante Hociel Thomas será la encargada de ejemplificar el espíritu de la música de los blues cultivados en las barrel-houses. Y la página se titula, precisamente, Barrel-house Man. En la corneta: Papa Mutt Carey.
            El jazz que se ejecutaba o se ejecuta en las barrel-houses-en las que no sólo el piano y la voz humana amenizaban las veladas, sino también pequeños agrupamientos organográficos y aun orquestas, es una música de expresiva rudeza. No hay en ella contemplaciones de orden melódico. Los instrumentistas echan mano de todos los recursos primigenios del género. Y los ponen en juego con el objeto de lograr el intenso expresionismo que es la meta última de toda la música afroamericana y de su matriz, la africana. Así es como las versiones destilan swing, potencia, vigor, ritmo, calor.
            Pocas veces el disco fonográfico ha captado con fidelidad los latidos de la escuela instrumental jazzística generada en las barrel-houses. He aquí uno de los contados ejemplos existentes. Trátase de Sweetie Dear. Son los New Orleans Feetwarmers, conjunto de efímera vida, organizado, en 1932, por Sidney Bechet y Tommy Ladnier.
            A esta altura de nuestra exposición sobre diversas ramas del piano-jazz, acerquemos el oído a la música de una de sus figuras rectoras, de una figura excepcional, de un abridor de fértiles rutas inéditas, de un artista de personalidad poliédrica, de un romántico del jazz que vivió fuera del tiempo y del espacio, fuera de la cruda y agria realidad que lo circundaba. ¿Hace falta decir que nos referimos a Jelly Roll Morton?
            Artista cuya existencia transcurrió durante un instante por diversas causas excepcional del jazz, su personalidad rica, vigorosa, saturada de contrastes bruscos, de fuertes trazos, de líneas agudas e insólitos diseños, se formó al socaire de la estratificación y la yuxtaposición de un Variado mosaico de elementos. La música urbana de la Nueva Orleans de fines del siglo pasado y principios de nuestra centuria, los cantos de trabajo, los negro spirituals, el arte de los minstrels, la música de la plaza Congo, el famoso Spanish tinge, el ragtime de Saint Louis y Sedalia, la música de los funerales negros, los cantos criollos de Luisiana, los sabrosos pregones que se escurrían por las tortuosas calles del Vieux Carré, los cantos de los guitarristas ciegos, las ejecuciones de las skiffle bands, los blues: todo ello palpita y da vida, calor y "color" a la música y al estilo de Jelly Roll Morton. Por eso pudo decir, desde luego que errónea- mente, que todos los artistas que ejecutaban jazz, ejecutaban la música de Jelly Roll Morton. Porque a megalomanía, a auto suficiencia y a narcisismo nadie lo superó.
            Pero éstos son otros cantares, que aquí no nos interesan. Lo que nos importa es que su música y sus ejecuciones pianísticas y vocales no sólo alcanzaron alturas himalayescas, dentro de su órbita, sino que lograron abismales profundidades expresivas en el territorio de los blues pianísticos y vocales, y, en la historia del jazz, señaron hitos que no se borrarán.
            Después de haber escuchado Mournful Serenade, por el cuarteto de Jelly Roll Morton, que es una "reinterpretación" de Chimes Blues, de King Oliver, oigamos a un pianista que no siempre se vincula con la escuela de los blues pero que, en este jugoso terreno, ha creado un par de obras maestras. Una de ellas es Caution Blues. Y su nombre, desde luego, Earl Hines, sobre cuya personalidad no hemos de detenernos, de él nos ocuparemos al tratar el trumpet-piano style.
            Pasemos ahora a la escuela pianística denominada Harlem party piano o Stride piano. Trátase de una “manera" de interpretación o creación pianística cultivada en el barrio negro de Nueva York desde los años diez. Una de sus características estriba en la ejecución de un acorde sobre los tiempos débiles del compás, con la mano izquierda, alternado con el tañido de una nota grave sobre los tiempos fuertes.
            Esta escuela sumerge sus rafees en el ragtime. Pero curioso resulta señalar el profundo influjo que, sobre ella y sus cultivadores, ejerció la pianola, cuya ejecución permitía ciertos "virtuosismos" que no tardaron en ser incorporados al lenguaje del Harlem party piano. Por eso los primeros discos que de esta modalidad se conservan guardan una estrecha similitud con las ejecuciones registradas en rollos de piano mecánico. Desde luego que los blues también penetraron verticalmente en esta escuela, aunque los blues estilizados por los artistas del Norte.
            El decano y maestro del Harlem piano o Harlem party piano fue James P. Johnson. De sólida formación técnica, fue alumno de un discípulo de Rimsky- Korsakov. Navegó en dos aguas, pues, así como era un creador de fuste en las fronteras del jazz, compuso sinfonías, conciertos y poemas sinfónicos ejecutados en Europa y los Estados Unidos, aunque no con la frecuencia merecida.
            En su individualidad artística se mancomunaban las dos corrientes fundamentales sobre cuyas sólidas bases descansa el clásico lenguaje jazzístico adaptado al piano: la de los blues y la del ragtime. Conocedor profundo de estas dos modalidades, absorbió las posibilidades de ambas concepciones, que, aunque opuestas en su espíritu y aun en su forma, se complementan y "armonizan" a perfección cuando están equilibradas en un artista del aliento de James P. Johnson. Pues, en tanto que el estilo pianístico de los blues requiere una pulsación firme, pero blanda, y una sonoridad seca, aunque "musical"; el ragtime exige, más bien, un pulso rígido y un sonido "duro". Y ambas características se daban cita en las expresiones del cultor del teclado desaparecido hace una década.
            En versión de este artista, sale al aire Mule Walk Stomp.
            Willie "The Lion" Smith, Art Tatum, "Tats" Waller y otros pianistas de primera fila bebieron a grandes sorbos en la escuela del Harken party piano. Duke Ellington también se dejó llevar por esta corriente, aunque por supuesto que la adaptó a sus propias necesidades estéticas y la coloreó con su lápiz policromo. En efecto, todas sus versiones pianísticas dejan traslucir los vigorosos ecos de esta enjundiosa modalidad, que el autor de Mystery Song absorbió durante su época formativa, en el Harlem de los años veinte.
            Aquí tenemos un ilustrativo ejemplo de cómo Ellington enfoca la escuela de que hablamos y de qué manera, también, su música es siempre la música de Ellington, sean cuales fueren los elementos que entren en su composición o ejecución. La página se titula Dallas Doings. Del año 1933 data el registro. Y en los acordes "golpeados" con la mano izquierda, hallamos claros anticipos del estilo pianístico "ultraísta".
            ¿Cómo se puede hablar de la escuela pianística de Harlem sin detenerse un instante en "Fats" Waller? Waller frecuentó las house rent parties que, nacidas de una necesidad económica, se convirtieron en un vivero artístico. Las frecuento con los oídos bien abiertos y el cerebro en actitud de captación alerta y penetrante. Por eso no tardó en convertirse en un maestro asombrosamente consubstanciado con esta tradición artística. Por cierto que, así como Ellington reconoce lo mucho que debe, pianísticamente, a Willie "The Lion" Smith, no vaciló Waller en proclamar que era hijo artístico de James P. Johnson. Por lo demás, quienquiera que oiga sus discos y los del creador de Carolina Shout, podrá comprobar por sí mismo el hecho.
            ¿Qué mejor, en este sentido, que escuchar la citada página de James P. Johnson, en versión de Waller?"

            Ortíz Oderigo, Néstor
            Labor profesional como escritor
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-1 · Sección · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            La prolífica obra de Néstor Ortíz Oderigo se compone de textos propios y colaboraciones en diversas publicaciones. En esta Sección se encuentran los originales de los libros editados por EDUNTREF (Editorial de la Universidad Nacional de Tres de Febrero), compuestos por material inédito acerca del origen africano del tango y otros ritmos, que confirman el mestizaje cultural en el Río de La Plata.
            Oderigo fue un antropólogo que representó el campo de los estudios culturales en Argentina y el mundo desde la década de 1930 hasta su fallecimiento en 1996. Conocía en detalle el funcionamiento, gestión y trabajo de los referentes en el continente americano, europeo y africano. El amor por el jazz lo había conducido a interesarse en la cultura negra de toda América latina, en particular del Río de la Plata.

            Ortíz Oderigo, Néstor
            Fondo Néstor Ortíz Oderigo
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT · Fondo · 1912 - 1996

            Los documentos inéditos que Ortíz Oderigo dejara preparados para publicar, se refieren a la temática del africanismo en el Río de La Plata “negado en el ideario de país blancoeuopeo argentino”. El autor hace una fisonomía de la música afroargentina y su influencia en el tango, el candombe, la milonga y otras danzas, así como en el lunfardo porteño. Relata la migración forzada de los negros a América y su presencia invisibilizada en el sur del continente, a pesar de su participación en el ejército, el trabajo y la formación de la cultura. También se menciona el africanismo en México, América Latina y España.
            Más de dos décadas y el fallecimiento del autor median entre la escritura de los libros y su edición, tal como era su voluntad.
            El legado de todos sus escritos por su sobrina Alicia Dujovne Ortiz a la Universidad Nacional de Tres de Febrero en 2005, permitió que en 2007, Eduntref publique el “Diccionario de Africanismos en el Castellano del Río de la Plata”, en 2008: “Esquema de la música afroargentina”, obra que incluye, como apéndice, los guiones de doce emisiones del programa radial: “Candombe. Historia de los negros en el Río de la Plata”, que tenía el autor en LRA Radio Nacional y que salieron al aire del 2 de julio al 24 de septiembre de 1971, de 13:15 a 14:00 horas. En 2009: "Latitudes africanas del tango".
            Se trata de ediciones comentadas que pretenden dar a conocer el encomiable aporte del autor a la temática, en una época pionera y de escaso interés para efectuar estudios africanos y afroamericanos en el país, a la vez que relacionarla con la situación actual de los mismos, tanto para valoración crítica de la obra como para provecho del lector.

            Ortíz Oderigo, Néstor
            Fisonomía de la música africana
            AR ABIBUNTREF C.BP-ORT-1-1-000149 · Unidad documental simple · 1912 - 1996
            Parte de Fondo Néstor Ortíz Oderigo

            El PDF corresponde al texto original que aparece en el primer capítulo del libro "Esquema de la música afroargentina". La agrupación documental, Se divide en:

            1. Estética africana
            2. Diversidad de la música africana
            3. La música vocal
            4. Distintas ramas de la música africana
            5. Cantos litúrgicos y cantos seculares
            6. Música instrumental
            7. Carácter melódico de la música
            8. Melodía africana
            9. “Call and response”
            10. Ritmo
            11. Polirritmia
            12. Fraseo “off beat”
            13. Improvisación
            14. Timbre
            15. Tempo
            16. Técnica vocal
            17. Expresionismo
            18. (falta la página 24)
            19. Participación
            20. Otras características
              Se menciona la música del Africa occidental, así como la del Congo, Nigeria o Angola, destacando la diferente cadencia y entonación de los idiomas del continente, con sus diversas variaciones.
            Ortíz Oderigo, Néstor