Recorte periodístico correspondiente a la página 65 de Primera Plana N° 222 del 28 de marzo de 1967. En él, Rodolfo Arizaga escribió la nota “Dúo de Binomios”, la que está señalada con una "X" escrita con tinta verde. Ttrata sobre "Sonatas Para Cello y Piano, de Federico Chopin y Sergio Prokofieff (RCA Victor LSC-2875, estéreo)".
La nota siguiente es una transcripción del original:
"El príncipe Carol, delicado de cuerpo y de espíritu, de una encantadora belleza y sin sexo, era algo como esas criaturas ideales que la poesía de la Edad Media hacía servir de adorno a los templos cristianos: un ángel de rostro hermoso como una mujer triste, puro y esbelto de formas como un joven dios del Olimpo; y, para coronar ese retrato, una expresión a la vez tierna y severa, casta y apasionada." Al leer estas líneas escritas por George Sand en su último libro, Lucrecia Floriani, que el Courrier Français comenzó a publicar como folletín el 25 de junio de 1846, todo París comprendió que sus quince años de amor con Chopin estaban definitivamente muertos. Nadie se engañaba: la comediante Lucrecia era ella misma, y el desventurado príncipe Carol, el propio Chopin, ya enfermo sin remedio (murió un año después).
Pese al rompimiento, George Sand asestó un duro golpe a las murmuraciones palaciegas: concurrió junto con los príncipes Czartoryski y la princesa de Würtenberg a la casa de Chopin para conocer su Sonata para cello y piano opus 65. La obra no le hace ningún favor al autor. Es bien sabido que la música de cámara fue poco frecuentada por Chopin: en su catálogo de casi un centenar de opus, en su mayoría escritos para piano solo, se cuentan un trío y otras dos composiciones para cello, tan intrascendentes como la Sonata. Si la curiosidad debe ser una virtud del discófilo, tiene aquí una oportunidad de ejercitarla, con esta obra rara vez ejecutada.
La otra faz del disco incluye la Sonata en Do opus 119, también para cello y piano, de Prokofieff. Nadie mejor que él ha sabido analizar su evolución como compositor, y se preocupó de registrarlo en la edición de abril de 1941 de Sovietskaya Música: "Las principales líneas que he seguido en mi trabajo creador son: la primera clásica, la segunda innovadora, la tercera incorpora el elemento tocatta o motor, la cuarta es decididamente lírica". A pesar de que algunos críticos tratan injustamente de denominar "grotesco" al último período, Prokofieff prefiere considerarlo una variante de los cuatro anteriores. A esta etapa corresponde su Sonata en Do, escrita en 1949. Si no brillante, en varios pasajes la obra muestra el estilo peculiar del compositor, cincelado a fuerza de notas percutidas, movido por una descarnada rítmica.
El mayor mérito de este registro lo constituye la labor de los intérpretes. El pianista checo Rudolf Firkusny demuestra una vez más su centelleante técnica y asombrosa musicalidad, aplicadas a la música de cámara. El cellista ruso Gregor Piatigorsky lo acompaña dignamente, aunque en ocasiones la afinación le juega una mala pasada y hace peligrar la eficacia del dúo".
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